The bard's song will remain
Myself, three personalities on my own
divendres, 4 de novembre del 2011
I need to Know
Arraigo sentimientos y pensamientos por igual
a una marchita noche que se desvanece
en el contoneo de las horas lentas.
Transportado constantemente por suaves palabras
que me elevan a la desesperación
y me hunden en la esperanza.
Tímidas palabras brotan temblorosas
para llegar hasta tus oidos, atravesando tus ojos,
mudas de sonido, cargadas de mi voz.
Pueda percibir tu perfume allá donde respire
y saborearte allá donde mi paladar se deleite
Pueda oir tu risa jovial allá donde no haya silencio
y sentirte allá donde mi piel quede desnuda.
Cada vez que cierro los ojos te veo
y despierto te sueño.
D.r.D
a una marchita noche que se desvanece
en el contoneo de las horas lentas.
Transportado constantemente por suaves palabras
que me elevan a la desesperación
y me hunden en la esperanza.
Tímidas palabras brotan temblorosas
para llegar hasta tus oidos, atravesando tus ojos,
mudas de sonido, cargadas de mi voz.
Pueda percibir tu perfume allá donde respire
y saborearte allá donde mi paladar se deleite
Pueda oir tu risa jovial allá donde no haya silencio
y sentirte allá donde mi piel quede desnuda.
Cada vez que cierro los ojos te veo
y despierto te sueño.
D.r.D
dimarts, 16 d’agost del 2011
Perdón
Permíteme que por unos instantes sea yo el que con ojos húmedos sea incapaz de hacerte dibujar una sonrisa.
Permíteme que me los seque escondiendo mi cara en tu piel y ahogando mis sollozos en tu pelo.
Permíteme que mis brazos te rodeen buscando consuelo en estas horas de extrema soledad.
Permíteme que sea tu regazo donde repose mi maltrecha mente y que tus caricias sean mi único sentir.
Permíteme amarte, compartir tus besos, tus caricias, tus risas, mi llanto, mi melancolía, mi manera especial de ver las cosas.
Permíteme pedirte perdón por permitirte hacerme daño.
Permíteme que vuelva a encerrar mi corazón.
D.r.D
Permíteme que me los seque escondiendo mi cara en tu piel y ahogando mis sollozos en tu pelo.
Permíteme que mis brazos te rodeen buscando consuelo en estas horas de extrema soledad.
Permíteme que sea tu regazo donde repose mi maltrecha mente y que tus caricias sean mi único sentir.
Permíteme amarte, compartir tus besos, tus caricias, tus risas, mi llanto, mi melancolía, mi manera especial de ver las cosas.
Permíteme pedirte perdón por permitirte hacerme daño.
Permíteme que vuelva a encerrar mi corazón.
D.r.D
diumenge, 14 d’agost del 2011
El túnel del Metro
Palabras pequeñas para un boca grande que sabe cuando callarse y no sabe cuando hablar.
Ábrase un camino de sonidos que la mente pueda transmitir para que se puedan entender sin necesidad de pronunciar ni un sonido.
Una mirada compartida suple esta necesidad imperiosa.
Espesa negrura es lo que se ve cuando se quiere mirar.
Emigran sonidos del pasado al presente y del futuro al pasado balanceándose con su propio compás.
D.r.D
Ábrase un camino de sonidos que la mente pueda transmitir para que se puedan entender sin necesidad de pronunciar ni un sonido.
Una mirada compartida suple esta necesidad imperiosa.
Espesa negrura es lo que se ve cuando se quiere mirar.
Emigran sonidos del pasado al presente y del futuro al pasado balanceándose con su propio compás.
D.r.D
dissabte, 23 de juliol del 2011
Permíteme que, mientras el sueño me alcanza y miro las estrellas a traves de la ventana, piense en ti y te añore un poquito. A cambio podrás cerrar los ojos y soñarme.
Despertó sobresaltado. La excitación del sueño era demasiado real. Demasiado impactante.
Allí estaba ella, con lágrimas en los ojos, un pañuelo de papel arrugado en mano, sola, sentada en una silla en mitad de ninguna parte. Sólo ella... y él. Se acercó cautelosamente, casi con miedo de no espantarla, tendió una mano con un pañuelo limpio ¿Señuelo? Ella lo tomó sin tan siquiera mirarle a la cara. Con un hilo de voz delicado suave y casi inexitente, ahogado entre sollozos moribundos le dio las gracias. Respondió él con voz suave, calma y melosa. Una voz a todas luces para atraer su atención. Nunca le había gustado ver mujeres llorar y mucho menos si eran conocidas, Le hacían sentirse impotente, débil, pequeño, deseperado. Él no le apartó la mirada en ningún momento, y tapoco le soltó el pañuelo que ella acababa de coger. Eso la obligó a ella a mirarle a la cara, mirarle a los ojos.
No había nada que destacar en esa cara. Ojos marrones, nariz media y labios estándar. Se podría destacar que por ser una cara sin rasgos dignos de mención, era una cara vulgar. Nada más allá de la realidad. Todo el conjunto llamaba la atención porque todo encajaba perfectamente con todo, no había nada fuera de lugar con la excepción de las lágrimas que caían por sus mejillas dejando profundos surcos de sal.
En ese momento fue cuando él se acercó para susurrarle al oído algo que no recordaría segundos más tarde. Ella se lo quedó mirando a los ojos fijamente. Él quedó maravillado por la leve humedad de sus labios y entonces ocurrió. Se inclinó levísimamente hacia ella y sus labios se encontraron. Rápidamente él se apartó con miedo de haber cometido una estupidez pero ella en el momento que notó que sus labios se habían separado fue a buscarlos de nuevo. Lo necesitaba.
Ante el segundo contacto él puso su corazón y alma en sus labios. Los labios de ella estaban fríos, inertes, faltos del calor que el contacto con otros labios proporciona. La humedad de las lágrimas y de las veces que había pasado la lengua por ellos no ayudaba en absoluto. Ella se separó y abrió los ojos. Él abrió sus ojos a la par y vio algo en los de ella que supo que no olvidaría jamás. El tercer contacto de los labios fue apasionado,ardiente, necesitado por ambos. Pero los labios de ella se negaban a abrirse y a entregar su precioso secreto. Él, por su parte, decidió pasar sus brazos alrededor de ella en un abrazo que parecía que la estaba engullendo. Sus labios se abrieron tímidamente y la punta de su lengua salió un poco avergonzada camino de acariciar los labios de ella. Primero el de abajo, pequeños toquecitos como quien llama a la puerta, después el de arriba, acariciandolo tratando de eliminar ese frío que los tenía atenazados. Ya cuando iniciaba el camino de regreso, derrotada e insatisfecha, apareció un frescor nuevo, una cavidad oscura se abría delante suyo y cual animal salvaje que ve una salida, rápida como una serpiente se abalanzó la lengua de ella sobre la de él. Danzaron juntos por una eternidad. Ya la sal había desparecido y el frío no era más que un mero recuerdo en el infinito, ya no había pañuelo, ni silla.
Sólo la necesidad.
Sólo estaba el beso.
El deleite.
El placer.
Y sus labios no se separaron y hoy aun siguen su particular batalla y enfrentamiento. Y él solo puede seguir recordándolo como una de las más bellas historias que es capaz de recordar.
D.r.D
Despertó sobresaltado. La excitación del sueño era demasiado real. Demasiado impactante.
Allí estaba ella, con lágrimas en los ojos, un pañuelo de papel arrugado en mano, sola, sentada en una silla en mitad de ninguna parte. Sólo ella... y él. Se acercó cautelosamente, casi con miedo de no espantarla, tendió una mano con un pañuelo limpio ¿Señuelo? Ella lo tomó sin tan siquiera mirarle a la cara. Con un hilo de voz delicado suave y casi inexitente, ahogado entre sollozos moribundos le dio las gracias. Respondió él con voz suave, calma y melosa. Una voz a todas luces para atraer su atención. Nunca le había gustado ver mujeres llorar y mucho menos si eran conocidas, Le hacían sentirse impotente, débil, pequeño, deseperado. Él no le apartó la mirada en ningún momento, y tapoco le soltó el pañuelo que ella acababa de coger. Eso la obligó a ella a mirarle a la cara, mirarle a los ojos.
No había nada que destacar en esa cara. Ojos marrones, nariz media y labios estándar. Se podría destacar que por ser una cara sin rasgos dignos de mención, era una cara vulgar. Nada más allá de la realidad. Todo el conjunto llamaba la atención porque todo encajaba perfectamente con todo, no había nada fuera de lugar con la excepción de las lágrimas que caían por sus mejillas dejando profundos surcos de sal.
En ese momento fue cuando él se acercó para susurrarle al oído algo que no recordaría segundos más tarde. Ella se lo quedó mirando a los ojos fijamente. Él quedó maravillado por la leve humedad de sus labios y entonces ocurrió. Se inclinó levísimamente hacia ella y sus labios se encontraron. Rápidamente él se apartó con miedo de haber cometido una estupidez pero ella en el momento que notó que sus labios se habían separado fue a buscarlos de nuevo. Lo necesitaba.
Ante el segundo contacto él puso su corazón y alma en sus labios. Los labios de ella estaban fríos, inertes, faltos del calor que el contacto con otros labios proporciona. La humedad de las lágrimas y de las veces que había pasado la lengua por ellos no ayudaba en absoluto. Ella se separó y abrió los ojos. Él abrió sus ojos a la par y vio algo en los de ella que supo que no olvidaría jamás. El tercer contacto de los labios fue apasionado,ardiente, necesitado por ambos. Pero los labios de ella se negaban a abrirse y a entregar su precioso secreto. Él, por su parte, decidió pasar sus brazos alrededor de ella en un abrazo que parecía que la estaba engullendo. Sus labios se abrieron tímidamente y la punta de su lengua salió un poco avergonzada camino de acariciar los labios de ella. Primero el de abajo, pequeños toquecitos como quien llama a la puerta, después el de arriba, acariciandolo tratando de eliminar ese frío que los tenía atenazados. Ya cuando iniciaba el camino de regreso, derrotada e insatisfecha, apareció un frescor nuevo, una cavidad oscura se abría delante suyo y cual animal salvaje que ve una salida, rápida como una serpiente se abalanzó la lengua de ella sobre la de él. Danzaron juntos por una eternidad. Ya la sal había desparecido y el frío no era más que un mero recuerdo en el infinito, ya no había pañuelo, ni silla.
Sólo la necesidad.
Sólo estaba el beso.
El deleite.
El placer.
Y sus labios no se separaron y hoy aun siguen su particular batalla y enfrentamiento. Y él solo puede seguir recordándolo como una de las más bellas historias que es capaz de recordar.
D.r.D
diumenge, 22 de maig del 2011
Sácole brillo al grillo.
Hele aquí de nuevo, cansado y abatido, encerrado en un silencio que lo ensorcede. Salió al exterior para comprobar si existía alguna diferiencia entre el antes y el después. Se calzó con sus tradicionales deportivas, ropa deportiva cómoda, teléfono móbil, llaves de casa y el monedero con sus pocas monedas y su documentación. A su espalda cerró la puerta con su tradicional gentileza y esperó pacientemente el ascensor que acudía con pasmosa calma a su llamada. Nadie más en el bloque decidió salir o entrar en ese instante por lo que las charlas vacuas y vanales de los vecinos no le importunaron en esta escapada. Salió a la calle y ya lo primero que notó fue molesto. Ruido. Coches pasar, murmullo de gentes, música estridente... tardó demasiado en ponerse sus auriculares y aislarse del mundanal barullo de sinfonías desparejadas. Una vez aislado, la segunda molestia. La Luz. Había una claridad vergonzosa para las horas que eran, pero claro el invierno no puede durar para siempre y en algun momento la primavera y los días más largos han de regresar. Poco a poco toma el camino que le ha de llevar hasta el final de la calle donde con paciencia gira a la izquierda. Por delante una acera, 3 bocacalles y rodear un edificio de color verde. Sin pensar en el trayecto sigue andando atento a lo que suena en sus auriculares y a las ideas que fluyen por su maltrecha mente.
Fresas, dulce mermelada, empalagoso perfume atora su sentido del olfato durante veinte pasos, no le ha dado tiempo de aguantar la respiración para que no le violase de la manera que lo ha hecho. Veninte pasos despues el olor ya no es ni recuerdo. Una mirada furtiva cautiva su atención por un espacio de tiempo suficientemente largo como para atraer sus pensamientos. Unos ojos marrones con delicadas cejas y pestañas largas. Remarcable la ausencia de maquillaje y la falta de necesidad del mismo. Entre esos ojos se hallaba una nariz delicadamente perfilada y puntiaguda sobre unos labios serenos y serios que dibujaron una sonrisa pícara en cuanto sus miradas se cruzaron. De pómulos prominentes, cuello largo y cabello corto o recojido. Todo un deleite para un observador voraz. El tiempo se ha acabado y ya ha quedado atrás, de nuevo la acera está enfrente y con ella las bocacalles y el edificio verde. De pronto sus ideas giran entorno a lo mismo una y otra vez, no se cansan sus neuronas de divagar ni de vagar sin rumbo ninguno.
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